Laclau

CRISIS UNIVERSITARIA Y PEQUEÑO BURGUESÍA

Ernesto Laclau
Publicado en la revista “Izquierda Nacional” N° 4 – marzo de 1967

Laclau

En el instante en que Gavier y Botet –las dos figuras más representativas de la nueva situación universitaria– ocuparon sus sillones rectorales, una cantidad de dudas terminó por disiparse. Cuando el Consejo Asesor estuvo definitivamente integrado ya nada podía cuestionar la naturaleza del proceso universitario puesto en marcha el 29 de julio: se estaba asistiendo a la entrega de las universidades estatales a las fuerzas más retardatarias del academicismo oligárquico. Los viejos bonetes de la oligarquía, desalojados de los comandos universitarios por el vendaval histórico de 1945, frustrados en su intento de restauración de 1955 por los jóvenes turcos del cientificismo, volvían dos décadas más tarde a retomar el control de la enseñanza superior de manos de un gobierno que, paradójicamente, habló en sus primeros días de repatriar dos mil técnicos y de modernizar las estructuras educativas del país.
Hoy poco queda de esas ilusiones iniciales. Ningún sector educativo del país ha recibido la más leve modificación progresiva, ni siquiera al nivel del mero “ordenamiento” y “planificación”, para acomodarnos a la jerga al uso. Tan solo el cretinismo moralizante de parroquia de Gelly y Obes y sus asesores ha introducido en la situación algunos matices retrogradantes y discriminatorios. Vejetes olvidados y enterrados desde la década infame han sido reflotados para reorganizar la enseñanza superior. Y, dados los nuevos usufructuarios de la situación universitaria, los aumentos masivos de sueldos de full-time y part-time parecen destinados a acrecentar los ingresos de la clerecía intelectual más torpe e inoperante del país.
Pero, al mismo tiempo, la ley 16912 sancionaba en los hechos un proceso que se había acentuado de más en más en los últimos años y cuyas consecuencias políticas se harán sentir con intensidad en los próximos tiempos: el definitivo divorcio entre la pequeña burguesía intelectual y los viejos grupos sustentadores de la intelectualidad oligárquica. Si intentamos personificar a uno y otro, podríamos decir que en 1955 ocuparon del brazo la Universidad los Risieri Frondizi y los Luis Botet. Las clases medias, alienadas al frente oligárquico y apartadas de las fuerzas populares, tuvieron el suficiente poder para imponer sus condiciones en el momento de reorganización de la Universidad. De ahí surgió el gobierno tripartito implantado por el decreto-ley 6.403. Así se aseguraron las condiciones organizativas para que en el complejo de esa alianza entre dos grupos cada vez más antagónicos lograra prevalecer la pequeña burguesía intelectual que, amurallada tras la autonomía, consiguió mantenerse en el poder durante diez años en un país progresivamente anarquizado y deteriorado por la violencia creciente de la oligarquía.
Hoy ese predominio ha concluido. La intervención descargada sobre la Universidad ha sellado su irremediable final. Porque no se trata simplemente de crear una nueva correlación de fuerzas que asegure el predominio oligárquico en el frente universitario, sino de reorganizar toda la Universidad sobre la base de la presencia del viejo academicismo como único sector de influencia. Cabe, pues, frente a esta nueva situación, replantear la estrategia de la lucha antioligárquica en la Universidad, lo que a su vez implica plantearse el problema de las relaciones entre el atraso de las estructuras universitarias y el atraso semicolonial de la Argentina.
Comencemos planteándonos cuál es la tarea específica de la universidad en el desarrollo de las sociedades modernas. Podemos afirmar que la Universidad, en su significación actual, recién surge con la expansión triunfante del capitalismo moderno, y que, entre sus diversas funciones, la más fundamental es la de investigación.
La razón de esto es clara: sociedades como las modernas naciones capitalistas, cuyo rápido crecimiento se da a través de una continuidad de revoluciones técnicas, de la creciente transformación de las fuerzas productivas y, por consiguiente, del creciente dominio humano sobre la naturaleza y de la modificación constante en el sistema de las relaciones sociales, exigen la creación de instituciones permanentes dedicadas a las funciones de investígación. La investigación surge así como un aspecto esencial en la progresiva división social del trabajo generada por el desarrollo capitalista. Esta tarea es asumida por las universidades a partir del momento de su definitiva reorganización a fines del siglo XVIII y, más específicamente, en el curso del siglo XIX. Por eso es que entre las diversas funciones de la universidad moderna -investigación, docencia, formación profesional- la primera es la fundamental, en torno a la cual se organizan las demás.
Si buscamos formas de enseñanza superior realmente distintas de ésta, tendríamos que pensar en las universidades medievales. Surgidas en un mundo que no hace de la transformación técnica y productiva la condición fundamental de su existencia, en una sociedad que reproduce de año a año sus mismas dimensiones, tienden a considerar al mundo exterior y a la organización social existente como el objeto dado y constante de sus especulaciones, no sujeto a cambio alguno. Solo se conoce el mundo en el proceso de su transformación. En esta medida, en una sociedad que no experimenta cambios, no existe tampoco la posibilidad de adentrarse de más en más en la naturaleza de las cosas. La investigación se convierte en una mera especulación formal o en una descripción taxonómica. La búsqueda de distinciones cada vez más sutiles absorbe todo el contenido del conocimiento y la disputa entre opiniones diversas, su método. Se parte de la conceptualización heredada de las cosas y, desde ella, se analizan sus problemas e implicancias lógicas. De ahí el formalismo progresivo del saber en las universidades medievales, que se fue acentuando de más en más en la etapa de su declinación. Cuando el proceso de crecimiento del capitalismo exigió una nueva conceptualización del mundo exterior y formas organizativas en la elaboración del saber que supusieran el adentramiento progresivo en el conocimiento de la naturaleza y de la sociedad, las viejas universidades medievales se mostraron ineficaces para asumir estas nuevas funciones. Toda la renovación del saber en el curso de los siglos XVII y XVIII transcurre al margen de las universidades, que recién vuelven a ser focos creadores de cultura en el siglo XIX, al ponerse al servicio de la expansión capitalista.
Hemos establecido que la investigación es la tarea central de la universidad moderna. Los contenidos y objetos de la tarea de investigación dependen, a su vez, de los problemas que el proceso de crecimiento de una sociedad genera. Debemos preguntarnos ahora cuáles son los canales a través de los cuales los sectores dominantes en esa sociedad, beneficiarios del proceso de expansión, hacen penetrar en la universidad su problemática.
Esta pregunta no puede responderse sin analizar el tipo de organización social vigente en el país en cuestión. En los países capitalistas altamente desarrollados, un conjunto de institutos científicos y escuelas técnicas especializadas, de fundaciones y de universidades privadas montadas por los grupos económicos dominantes, va regulando más o menos automáticamente las investigaciones científicas según los intereses de esos sectores. En los países socialistas, una estricta planificación de todos los recursos determina qué es lo que ha de investigarse en cada etapa.
En los países semicoloniales o dependientes, por el contrario, el hecho habitual es que en sus universidades no exista la tarea de investigación. Es natural: al no estar lanzado el país a un activo proceso de crecimiento falta la base práctica necesaria para que la tarea de investigación se verifique. De ahí los vicios específicos de las universidades en los países subdesarrollados: ausencia de investigación o existencia de la misma, en los pocos casos en los que se da, como un apéndice anormal de la universidad, no integrado orgánicamente a sus estructuras básicas y proyectado hacia la realización de ciertos valores “puros”, al márgen de cualquier proyecto de transformación comunitaria; predominio absoluto, por consiguiente, de las tareas docentes sobre las de investigación y existencia de un estrecho criterio profesional en la formación de la juventud; carácter puramente reflejo de la cultura y carencia absoluta de conciencia nacional. Como ocurre en muchos otros aspectos de la cultura material e intelectual, el país dependiente ha incorporado las formas exteriores de la civilización más avanzada pero no su sustancia. Se adoptan las formas exteriores de las universidades modernas, pero al no estar centradas sobre la tarea de investigación, las universidades semicoloniales quedan reducidas al papel de meras escuelas profesionales, trasmisoras de una cultura elaborada en otros mundos. La situación de dependencia se refleja así en el plano cultural.
Paralelamente, se da en esas universidades atrasadas el predominio de camarillas representativas de las corporaciones profesionales o de núcleos académicos cerrados, vinculados directamente a los sectores más reaccionarios de la sociedad, partidarios del statu quo. De ahí que las tareas básicas de la lucha antioligárquica en la universidad de un país atrasado sean las siguientes: 1) democratización interna de la vida universitaria, vale decir, promoción de los cambios organizativos necesarios para que el monopolio de la alta enseñanza no quede en manos de los sectores oligárquicos; 2) lucha por la modernización de la estructura universitaria, o sea, promoción de la transformación interna de la universidad que la obligue a abandonar su estructura profesionalista y la centre en la investigación de los problemas nacionales; 3) lucha por ligar lo más estrechamente posible esta política de expansión con las luchas históricas de aquellos sectores que en el seno de la comunidad están auténticamente interesados en promover un cambio de estructuras que encamine al país por la senda del crecimiento y le permita romper los lazos que lo atan a la política expoliadora del imperialismo y la oligarquía.
Estas tres tareas, en rigor, son complementarias. La tarea de democratización caería en un vacío formalismo si no se ligara a un plan de transformación universitaria concebido en términos de contenido. Pero, a su vez, la lucha contra el atraso semicolonial de la universidad sólo puede concebirse como una parte de la lucha general contra el atraso semicolonial del país; si los intentos por modificar las anacrónicas estructuras de la Universidad no se unen a un esfuerzo por ligar en forma cada vez más estrecha estas reivindicaciones a los sectores populares interesados en promover un cambio revolucionario, quedarán aislados del conjunto del país y el plan de transformación concluirá por frustrarse.
Si después de estas observaciones volvemos a considerar el proceso histórico de las universidades argentinas en los últimos tiempos, observamos que la interrelación esencial entre estos tres elementos ha estado ausente. El apartamiento de las clases medias universitarias de las luchas populares en los últimos veinte años, ha desvinculado el proceso de transformación universitaria de su relación con la práctica de la única clase social interesada en sacudir hasta sus raíces la dominación oligárquica-imperialista. Y esta desvinculación engendró dos procesos paralelos. De un lado, las reivindicaciones del movimiento estudiantil se fueron haciendo de más en más formales; el gobierno tripartito terminó siendo considerado, no el instrumento necesario para promover una transformación de fondo, sino una especie de ideal jurídico, valioso en sí mismo. De otro lado, las élites científicas que aspiraban a modernizar la universidad centrándola en las tareas de investigación, al no empalmar este proyecto con ningún sector social extrauniversitario, terminaron por flotar en el vacío, sin poder romper su dependencia última con el liberalismo oligárquico y degenerando en cientificismo. El resultado fue que la universidad se marginó cada vez más del país, y en el momento en que se descargó sobre ella la intervención oligárquica, sus reclamos pudieron ser fácilmente aislados.
Esta ruptura, sin embargo, deja a vastos sectores científicos y técnicos del país alejados de toda situación de poder y rompe para el movimiento estudiantil la ficción de una universidad “avanzada” defendida tras la muralla infranqueable de la autonomía. El frente entre la vieja intelectualidad oligárquica y la pequeña burguesía intelectual, constituído hace dos décadas, se ha roto definitivamente. Las tareas de construcción de una universidad nueva exigen la constitución de un nuevo frente que una a la pequeña burguesía intelectual con la clase obrera y el conjunto de los sectores populares. Lograr esta reorientación nacional de las clases medias es el objetivo estratégico fundamental de las actuales luchas universitarias.


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