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¿VLADIMIR PUTIN, ANTE SU PROPIA GUERRA DE MALVINAS? 

Autor: Néstor Gorojovsky – anticipo de publicación en el periódico “Patria y Pueblo”

Los acontecimientos ucranianos, que cada vez se acercan más a un desenlace sangriento, ponen a Vladimir Putin ante la opción de ceder nuevamente ante el imperialismo o apoyarse en el patriotismo popular espontáneo del pueblo ruso. Pero este último camino puede llevarlo a retomar el camino de la revolución social en el país de Pedro el Grande, Lenin y Trotsky.


EL PUNTO DE CONTACTO ENTRE BORIS YELTSIN Y VLADIMIR PUTIN


Con Boris Yeltsin los mismos que habían venido administrando el régimen de socialismo burocrático en la URSS desde tiempos de Stalin abrazaron las formas más desreguladas de capitalismo. El experimento fue aleccionador. Empezó a caer la población del país: la forma más pura de libre competencia económica se demostró incapaz de sostener viva la masa poblacional que sostiene no ya una economía socialista avanzada, sino una versión anquilosada y deforme de economía planificada.
Con Vladimir Putin, llegó al comando del Estado ruso la quintaesencia del poder burocrático: el ejército y los servicios de seguridad. Desde el fondo de la tragedia, se empezó a remontar la catástrofe nacional, social, económica y demográfica. Putin fue intentando poner algo de orden en el caos y eliminar los casos más groseros de saqueo y corruptela, con mano de hierro. Prometió paz y estabilidad, y hasta cierto punto las obtuvo.
Dos líderes antipodales. Pero en algo coinciden: en la negativa a enfrentar al capital, como en 1917, y especialmente en la negativa a actuar como heraldos de la destrucción del orden capitalista a nivel mundial.
En 2007, escribíamos en la revista Question Latinoamérica que tras el retorno al sistema capitalista Putin encarna mejor que Yeltsin el ideal stalinista (que es el de toda la burocracia del Estado ruso desde sus mismos orígenes) de “disfrutar del poder en un país bien parado sobre sus pies, pero que en modo alguno quiere un solo conflicto con el sistema mundial.” Agregábamos que, sin embargo, “la defensa del interés histórico del pueblo ruso se enfrentará al de las burguesías imperialistas, así como [Pedro el Grande] no solo no integró Rusia al concierto europeo sino que, al tornarla más amenazadora, la colocó en el centro de sucesivas guerras, cada una más cruenta que la anterior.”


EL ALACRÁN NO PUEDE CON SU NATURALEZA


Esto es lo que está estallando en Ucrania hoy. Lo que Samir Amin engloba en la Tríada (el hegemón Estados Unidos, la Unión Europea y Japón como socios de segunda línea, Australia, Canadá, Nueva Zelandia en tercer plano y Corea del Sur e Israel como enclaves militarizados en ambos extremos de Asia) no puede darse el lujo, menos aún en momentos de fuerte crisis sistémica interna, de incorporar nuevos socios en pie de igualdad.
Que es, justamente, lo que siempre pide Rusia y nunca se le concede.
Por el contrario, la naturaleza intrínsecamente agresiva, expansiva y depredadora de las formaciones económico-sociales que constituyen el centro del orden imperialista mundial las empuja a repetir el avance que -setenta años atrás- intentó el imperialismo alemán sobre Europa Oriental. De allí la aventura en Ucrania, la “hermana melliza” de Rusia.


PATRIOTISMO DE MASAS E IMPERIALISMO EN RUSIA

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El atropello provocó un potente resurgir de patriotismo popular espontáneo del pueblo ruso, que es el verdadero punto de apoyo de Putin. Pero la Revolución de Octubre -que los rusos no repudian sino que la integran a su portentosa trayectoria nacional- no pasó en vano: gracias a ella, ese patriotismo popular ruso no arraiga ya tanto en él los privilegios derivados de la exacción permanente contra los pueblos oprimidos del Imperio Zarista (la “cárcel de pueblos”) como en la larga historia de agresiones desde Occidente que fueron destruidas, una tras otra, a un altísimo costo pero siempre con éxito final.
Hoy toma la forma de una épica semirreligiosa de la Madre Patria contra la invasión alemana en la Segunda Guerra Mundial. Está desconectado de toda reivindicación de carácter socialista internacionalista. Pero entronca naturalmente con las luchas de los pueblos de Rusia contra el colonialismo y el imperialismo extranjero, que odian y desprecian en general.
Algún cínico podrá decir que esto se debe a que no pueden “integrarse al club privilegiado”. Puede ser verdad, pero el resultado final es el mismo: un nacionalismo defensivo, brotado de la minusvalía del desarrollo económico y social del gigante de los bosques helados frente a las grandes potencias capitalistas… y orgánicamente opuesto al interés de la Tríada.
La defensa que Putin hace del interés ruso en Ucrania se hace estrictamente en nombre del “interés ruso”, pero por esto mismo, para el pueblo que la apoya (incluidos los “pro-rusos” de Ucrania) solo se justifica en la medida que implique la liberación de la prepotencia de la Tríada.
En algunos de sus defensores no está exenta de serios trazos de chauvinismo gran ruso, pero si Putin la convirtiera en un intento de someter al pueblo ucraniano, perdería el apoyo de su propio pueblo, que ya aprendió para siempre la lección de Afganistán. Es por ello que el hartazgo expresado por el Estado ruso a través de Putin, tanto en Siria como ahora mucho más en Ucrania, representa la voluntad de las grandes mayorías populares de ese complejo país. Es por eso, también, que Putin no puede lanzar una expedición punitiva contra Kiev al estilo de las que suele organizar Estados Unidos en su área de influencia inmediata.
“PATRIOTISMO” DE CLASE E IMPERIALISMO EN UCRANIA
En cambio, el patriotismo conservador del bloque que hoy manda en Kiev es menos ucraniano que antirruso. Más aún: es antirruso en la medida que es proimperialista de la Tríada. En el fondo es un patriotismo de clase, que representa los mismos intereses que representó Yeltsin en su momento. Es un “patriotismo cipayo” que a lo sumo pone al servicio de la Tríada legítimas reivindicaciones de los ucranianos. Pero no está en condiciones de satisfacer las demandas más elementales de las masas. Por el contrario, como mínimo busca dividirlas para dominarlas mejor.
“Ucrania”, en esa perspectiva, no es una noción geográfico-histórica sino una bandera política. Coinciden en esto, curiosa pero significativamente, con las patotas de “patriotas” xenófobos de Rusia que persiguen residentes centroasiáticos en Moscú para conseguir que la ciudad sea “más rusa”.
“Moscali” (el modo agresivamente despectivo con que denominan a aquellos que se niegan a someterse a la Unión Europea) no significa, de hecho, “ruso” sino “partidario de Moscú”, es decir “opositor a la Tríada”. Mientras que un verdadero patriotismo de liberación nacional solo puede darse en lucha contra la Tríada, los grupos actualmente dominantes en Ucrania solo quieren someterse a la Tríada para hacer negocios con ella.
LAS DOS BANDERAS
Los manifestantes rusos en Crimea o en Ucrania Oriental alzan la bandera rusa junto a la bandera roja, que no es para ellos la de los Soviets sino la de Stalingrado, la de la eficaz defensa contra el imperialismo alemán y sus aliados locales que hicieron todos los pueblos de la Unión Soviética: no solo el ruso, aunque bajo su liderazgo (no siempre impuesto despóticamente).
En cambio, los más duros “antirrusos” de Ucrania enarbolan la bandera de la UE junto a la ucraniana, justo cuando la UE y (más aún) los Estados Unidos cumplen el papel que cumplieron los generales alemanes de 1917: llegados como “ayuda” contra Rusia, pusieron al cipayaje local al frente de un gobierno denominado “Atamanato”, y terminaron impartiéndole las órdenes que debía ejecutar.
En el embrollo ucraniano se entrecruzan desde hace un siglo las cuestiones nacionales con las cuestiones sociales. Ningún gobierno ruso, por mejores intenciones que pueda tener (si las tiene) está en condiciones de hacerse aceptar por los ucranianos si su propuesta es una “propuesta rusa”. En ese caso, Ucrania seguirá dividida; pura pérdida para Moscú.
LA CUESTIÓN UCRANIANA Y LOS OLIGARCAS DE AMBOS LADOS DE LA FRONTERA
La única forma de integrar Ucrania con Rusia, en realidad, pasa por asegurarle a los ucranianos la máxima independencia en su vida nacional. Una vez garantizados los derechos de los rusoparlantes en Ucrania, Moscú debería apoyar –en Ucrania o en Rusia- la más plena expansión de la cultura ucraniana, a la que de ese modo se podrá arrancar de las garras de los cipayos pro-UE. La garantía de plenos derechos nacionales a los tártaros y ucranianos de Crimea al momento mismo de su reincorporación a la Federación Rusa apunta, al parecer, en este sentido.
Pero no se trata solo de los derechos nacional-culturales sino de la vida económica y social en el más pleno de los sentidos. Esto implica también -y ante todo- terminar con la mafia cleptocrática que desangra a todos los ucranianos, y quiere someter el país a la Unión Europea desde 1991. Solo así las masas populares podrán tener verdadera representación en el Estado. Esto, sin embargo, implica vérselas también, más temprano que tarde, con los oligarcas internos de Rusia.
LAS ISLAS MALVINAS DE VLADIMIR PUTIN
En una publicación oficiosa del Ministerio ruso de Relaciones Exteriores, afirmaba el 6 de marzo de 2014 el analista político Andrey Areshev que la “hipotética introducción de sanciones contra Rusia no va a deteriorar sus problemas económicos. Obligará al país a movilizar sus recursos internos para generar el crecimiento industrial, y abrirá las puertas a un creciente patriotismo tanto entre la gente del común y la élite empresarial, que los unificará en torno a la élite política del estado.”
¿Y qué pasaría si, como es probable pese al optimismo del analista Areshev, en el caso de una intensificación del conflicto las sanciones empezaran a ser realmente graves e integrantes de la “élite empresarial” rusa, para no sufrir las consecuencias de las sanciones, se negaran a “unificarse” en torno a la “élite política del estado” para participar del esfuerzo patriótico común?
En ese caso, el Kremlin tendrá que optar entre esa élite y las masas, donde anida la necesidad nacional rusa (es decir, entre el capitalismo y el destino nacional). Putin, al margen de cualquier consideración sobre el carácter de los respectivos regímenes, se encuentra en una situación semejante a la que encontraron los mandos militares argentinos cuando las movilizaciones populares a la Plaza de Mayo les impidieron seguir con su política inicial de “ocupar Malvinas simbólicamente para negociar una soberanía compartida”. Tuvieron que combatir.
UN BRILLANTE ANTECEDENTE, DE LOS TIEMPOS HEROICOS DE LA RUSIA ROJA
Si en la pulseada ucraniana Rusia es derrotada por desidia o timidez, las masas rusas hablarán, y no tardarán mucho en hacerlo, porque en el fondo lo único que les había prometido Putin era terminar con la indefensión nacional rusa provocada por el yeltsinismo. Si este régimen de capitalismo ruso con fuerte injerencia estatal no garantiza ni siquiera lo que había prometido, la Tríada terminará destruyendo a Rusia misma, como predica Zbigniew Brzezinski desde la década de 1990.
La Tríada jamás respetará el interés nacional de Rusia. Los grandes oligarcas (rusos o ucranianos) no son de confiar. Solo quedan, como siempre, las grandes masas. Masas a las que apelaba el orden del día que escuchó todo el Ejército Rojo el 30 de noviembre de 1919, pocas horas antes de ingresar a la Ucrania ocupada por las tropas de la contrarrevolución:
“Ucrania es la tierra de los trabajadores y campesinos laboriosos ucranianos. Solo ellos tienen el derecho a dominar Ucrania, gobernarla y construir allí una nueva vida… Tengan esto firmemente en cuenta: su tarea no es conquistar Ucrania, sino liberarla. Cuando las bandas de Denikin hayan sido finalmente aplastadas, el pueblo trabajador de la Ucrania liberada decidirá por sí mismo en qué términos convivirá con la Rusia soviética. Estamos seguros, sabemos, que el pueblo trabajador de Ucrania se declarará a favor de la unión más fraternal y cercana con nosotros… ¡Larga vida a la Ucrania soviética libre e independiente!
Esa orden del día la firmaba León Trotsky, y en el mismo sentido, a fuertes instancias de Lenin, el Comité Central bolchevique, en el poder, votó una resolución que “responsabilizaba a todos los miembros del partido a recurrir a cualquier medio que ayudara a eliminar las barreras al libre desarrollo del lenguaje y la cultura ucranianos… suprimidos por el zarismo ruso y las clases explotadoras durante siglos”.


SOLO ENFRENTANDO A LA TRIADA PODRÁ PUTIN SALIR DE LA ENCERRONA
Decíamos en el artículo citado de Question Latinoamérica que “el socialdemócrata Putin y el patriota popular Putin, o quienes históricamente lo sucedan, van a terminar enfrentando el mismo dilema del socialista revolucionario Lenin y el patriota popular Lenin: cómo alimentar (cómo dignificar, se diría hoy) al pueblo ruso”.
Más tarde o más temprano, las sanciones con que amenazan hoy la UE y Estados Unidos buscarán forzar al pueblo ruso a retornar a las condiciones de la era Yeltsin, para forzar la mano del Kremlin y luego avanzar en el programa de destrucción de Rusia como amenaza genérica que diseñó Brzezinski en su momento y se sigue tratando de cumplir a toda costa.
O Rusia se planta firmemente, en todos los frentes, ante la Tríada, o su propia unidad estará en juego.
Buenos Aires, abril de 2014


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