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Jorge Abelardo Ramos
Publicado en la revista IZQUIERDA NACIONAL N° 5 – Febrero de 1964
– a propósito del Che Guevara –

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El triunfo de la revolución cubana ha dado lugar a una considerable bibliografía. Sociólogos, periodistas, visitantes ocasionales (tanto de Cuba como de los problemas revolucionarios), interesados amigos y burgueses de izquierda no menos interesados han desfilado por la espléndida isla, en las diversas etapas de su proceso.
A su regreso sintieron la íntima exigencia de escribir su “testimonio”. Pero sería un grave error juzgar a los maravillosos cubanos por los “cubanistas”. La revolución producida en Cuba tiene suficientes títulos para la historia como para que pueda ser confundida por esa marea inevitable de “simpatizantes” que suscita toda victoria. La osadía de sus jefes, su indudable firmeza y la rapidez de un aprendizaje ya es un lugar común de la literatura política y está fuera de toda discusión. Pero acontece frecuentemente que, cuando se inaugura un nuevo punto de partida en la historia universal, las cabezas visibles de un gran proceso político son envueltas por la ola de encomio originada precisamente en aquellos que nada hicieron para el triunfo y que se convierten en los más celosos guardianes de la reputación y de la infalibilidad de la revolución triunfante. En este sentido la revolución cubana parece seguir el mismo destino corrido por la revolución rusa a saber, que sólo se legitiman dos posiciones: la del enemigo imperialista, que la cubre de infamia, o la del “amigo” que al tiempo que la canoniza, declara sospechosos a aquellos revolucionarios para los cuales la revolución cubana es susceptible de análisis y para quienes sus incidencias internas, las fuerzas que en ella se debaten, son capitales para su destino. La revolución en Cuba ha roto las compuertas de una admiración indiscriminada y de una especie de delirio “cubanista” en las izquierdas latinoamericanas que, sustancialmente sano en su origen, amenaza con paralizar el funcionamiento del pensamiento marxista en relación con tan importante problema. Y no sólo el pensamiento marxista, sino ante todo la acción revolucionaria que ese pensamiento guía.
Si la revolución cubana reviste una importancia tan singular, se debe ante todo al hecho de que con ella la revolución latinoamericana ha experimentado un gigantesco paso hacia adelante. Pues si Cuba fuese en realidad una isla, como afirman los geógrafos, su revolución aparecería notablemente disminuida en el campo de la historia mundial. Sería un puro falansterio insular, una criatura prodigiosa sin porvenir. Lo que proyecta a la revolución cubana al plano de las grandes perspectivas históricas es que Cuba es una provincia de la Nación Latinoamericana inconclusa y que su revolución es una etapa de la revolución nacional Latinoamericana. Se nos permitirá añadir que salvo Fidel Castro, nadie hasta hoy ha expresado este punto de vista. Es preciso establecer que, por otra parte, la revolución latinoamericana es, a su vez, una etapa hacia el establecimiento de la sociedad socialista en este planeta. Los “cubanistas” que se han pronunciado en Latinoamérica sobre la revolución cubana, en particular los stalinistas y los socialistas de “izquierda”, han evitado hasta hoy, como es tradicional en la izquierda cipaya, decir una sola palabra sobre el carácter latinoamericano de la revolución cubana. Ellos insularizan las revoluciones como el imperialismo balcanizó nuestros Estados. Pero lo que podría pasarse en silencio tratándose de los “cubanistas” o de los “amigos de Cuba”, es imposible que ocurra con el Che Guevara. La autoridad que dimana del papel que ha jugado y juega en Cuba y el prestigio genuino de que goza por sus actos, vuelve imperiosa la tarea de impedir que bajo su autoridad las ideas erróneas que expresa Guevara sobre algunos aspectos de la estrategia revolucionaria cubran el oportunismo o el aventurerismo que aquellos que si no hicieron la revolución cubana fue porque, casualmente, estaban ocupados en apoyar la contrarrevolución de 1955. Nos estamos refiriendo a las múltiples variantes de la izquierda cipaya de nuestro país, que han encontrado en Cuba un excelente pretexto para ocultar su oportunismo en la propia patria.

EL ORIGEN Y LA “EXCEPCIONALIDAD” DE LA REVOLUCIÓN CUBANA

En un trabajo que publica “Monthly Review” (Octubre de 1963, edición argentina) Guevara expone sus ideas acerca de la utilidad que la experiencia de la revolución cubana puede prestar a la revolución en América Latina. Resulta penoso comprobar que el tratamiento del tema es sensiblemente inferior al tema mismo, de suyo importante. Aunque Fidel Castro, en diversos discursos, se ha referido con particular énfasis al destino común de la revolución en Latinoamérica, Guevara no parece reparar en este ensayo sobre el carácter unitario, -históricamente y políticamente considerado- de nuestra revolución. Por el contrario disuelve el gran problema estratégico de la revolución latinoamericana en la adopción de “fórmulas únicas” para realizar la revolución en cada uno de nuestros veinte Estados. Si bien es cierto que Guevara, al soslayar la existencia de una cuestión nacional latinoamericana incurre en un serio error, sus fórmulas de “medicina empírica”, para usar su infortunada expresión, agravan ese error y lo transforman en un trágico equívoco. Pues si la propia experiencia de América Latina balcanizada en 20 Estados es la demostración más evidente de la acción imperialista inglesa primero y norteamericana más tarde, de nuestra impotencia, la provisión de “fórmulas” para tomar el poder en Panamá o en Argentina, en Uruguay como en Venezuela demuestra que ni en la esfera estratégica, ni en la esfera táctica, las ideas de Guevara están en orden.
El hecho de que Guevara sea uno de los principales jefes de la revolución cubana duplica su responsabilidad, pero al mismo tiempo sus apreciaciones adquieren un valor público independiente que requiere la más clara y rápida respuesta.
Ridiculizando a algunos “excepcionalistas” que juzgan el triunfo de la revolución cubana como producto de condiciones sumamente especiales e irreproducibles en el resto de América Latina., Guevara admite ciertas particularidades que gravitaron en Cuba. La primera de ellas, según Guevara, es “esa fuerza telúrica llamada Fidel Castro Ruiz, nombre que en pocos años ha alcanzado proyecciones históricas…” Y agrega: “¿Y cuáles son las circunstancias excepcionales que rodean la personalidad de Fidel Castro? Hay varias características en su vida y en su carácter, que lo hacen sobresalir ampliamente sobre todos sus compañeros y seguidores; Fidel es un hombre de tan grande personalidad que en cualquier movimiento en que participe debe llevar la conducción y así lo ha hecho en el curso de su carrera, desde la vida estudiantil hasta el premierato de nuestra patria y de los pueblos oprimidos de América. Tiene las características de gran conductor que, sumadas a sus dotes personales de audacia, fuerza, valor y a su extraordinario afán de auscultar siempre la voluntad del pueblo, lo han llevado al lugar de honor y sacrificio que hoy ocupa. Pero tiene otras cualidades importantes, como son su capacidad para asimilar los conocimientos y las experiencias, para comprender todo el conjunto de una situación dada, sin perder de vista los detalles, su fe inmensa en el futuro y su amplitud de visión para prevenir los acontecimientos y anticiparse a los hechos, viendo siempre más lejos y mejor que sus compañeros.”
De modo que para Guevara, la particularidad primera de la revolución cubana sería la personalidad dominante de Fidel Castro. Explica esa personalidad… por los datos de la personalidad misma. Si Guevara no hubiera proclamado su condición de marxista, esta tautología no dañaría más que la claridad de Guevara, pero como Guevara se confiesa marxista y es al mismo tiempo un dirigente de la gran revolución cubana, son las ideas marxistas las que resultan, en definitiva, lesionadas con esta pobre enunciación. Si Guevara nos hubiera dicho que después de 400 años de vida colonial -de la Cuba precolombina hasta la guerra hispanoamericana y desde 1898 hasta la revolución de 1959- la isla se alzó a la historia del mundo personificando en Fidel Castro toda su indignación y todo su orgullo, en otras palabras, que Fidel Castro resume en su persona a su pueblo, no habría dicho sino la verdad. Ninguna personalidad puede explicarse por sí misma, salvo para la concepción idealista de la historia. El culto del héroe pertenece al irracionalismo romántico, se funda en Carlyle, Schopanhaner y Nietzsche, antes que en Marx. No dudamos que Guevara no tuvo el propósito de ir tan lejos en su elogio de Fidel, puesto que planteado en esos términos, lejos de magnificarlo, lo disminuye, al sustraerlo al poder modelador de la historia que tan intensamente vivió. Puesto que el Fidel Castro que “Life”, “Time” y Jules Dubois aclamaron cuando veían en él a un luchador por la libertad y un castigador de la tiranía, no era ya el mismo Fidel Castro que expropia la industria del azúcar y luego proclama la lucha por el socialismo. Tampoco Fidel Castro era un marxista en sus comienzos, ni era un fingido populista. En “El Capital” Marx había observado que el hombre, al actuar sobre el mundo exterior y modificarlo, modifica por ello mismo su propia naturaleza. Explicar a Fidel por sí mismo, y a su personalidad por sus virtudes intrínsecas, equivale a sustraerlo del proceso histórico, a establecer una hipertrofia del factor personal y, resueltamente, a transformarlo en un producto sacro. Los peligros del irracionalismo filosófico están a la vista, pero más alarmantes resultan todavía los efectos de empirismo en la esfera de la estrategia y la táctica.

LA SEGUNDA EXCEPCIONALIDAD: EL IMPERIALISMO

Guevara afirma: “La condición que podríamos calificar de excepción, es que el imperialismo norteamericano estaba desorientado y nunca pudo aquilatar los alcances verdaderos de la Revolución Cubana… ¿Qué golpe más inteligente y más hábil que quitar al dictadorzuelo inservible y poner en su lugar a los nuevos muchachos que podrían, en su día, servir altamente a los intereses del imperialismo?”
En efecto, ciertos sectores del imperialismo, sobre todo las corporaciones exportadoras y el capital bancario, simpatizaban abiertamente con los guerrilleros de Sierra Maestra y el gran periodismo amarillo de Estados Unidos los elevó al pináculo de la fama mundial. Era justamente el período en que los revolucionarios del mundo entero, nosotros entre ellos, poco crédito hacían a Fidel Castro. Eran “fidelistas” en la Argentina todos los partidos y personalidades de la Revolución Libertadora, los hombres y mujeres de la oligarquía, en suma, los enemigos jurados de la clase obrera y de los intereses nacionales, los lacayos tradicionales del imperialismo. Ellos veían en Fidel una especie de almirante Rojas. El imperialismo yanqui observaba con inquietud el quebrantamiento del régimen de Batista, y la creciente peligrosidad de su antigua servidumbre. La corrupción que el propio imperialismo había instalado en Cuba, se volvía contra la estabilidad de una sociedad colonial en disolución. Fidel Castro apareció ante el imperialismo como una posibilidad de regenerar la superficie de la dominación imperial, de “parlamentarizar” el status de la factoría. Pero como lo demostraron los acontecimientos, el dominio del imperialismo sobre Cuba tocaba a su fin. No bastaban las armas de Fidel para triunfar; se había hecho impostergable el apoyo de los campesinos expoliados para proseguir la lucha. La lógica interna de las guerrillas desbordó todos los planes del imperialismo y los esquemas populistas revolucionarios de Fidel: la revolución agraria estaba en marcha y sus diversas etapas no sólo fueron modificando las relaciones de Fidel con el imperialismo, sino también su ideología. Reemplazó las ideas a medida que la revolución se profundizaba; la revolución amplió su dimensión a su vez por el cambio de Fidel. Así pudo decir el general Eisenhower que Fidel “era un traidor”, es decir, que había defraudado las esperanzas del imperialismo. Del mismo modo, los revolucionarios cubanos se elevaron desde una concepción liberal populista de la revolución contra la tiranía hasta la ideología socialista. En eso consistió la singularidad de su grandeza.
A lo dicho cabría añadir que Guevara se refiere en el mismo trabajo a que “la burguesía nacional, acogotada por el imperialismo y por la tiranía… viera con simpatía que estos jóvenes rebeldes de la montaña castigaran al brazo del imperialismo, que era el ejército mercenario”. En realidad, en Cuba no había “burguesía nacional”; actuaba una burguesía comercial importadora, cuya vinculación con el imperialismo era la razón de su existencia y que participaba de las ilusiones del imperialismo con relación a Fidel, todo lo cual está narrado con mucho detalle en el libro de Jules Dubois, “Fidel Castro”, escrito cuando Dubois era amigo de la revolución cubana.
No tenemos motivo alguno para rechazar esta “excepcionalidad” de la revolución cubana, que apunta Guevara. Por el contrario, creemos que se trata de una particularidad tan profunda, tan original, que difícilmente pueda encontrarse un paralelo en la historia de las revoluciones contemporáneas, ni siquiera en la historia de las antiguas. También coincidimos con Guevara en que difícilmente el imperialismo pueda engañarse otra vez en América Latina, como lo ocurrió en Cuba. Pero prescindiendo de la sagacidad del imperialismo, importa mucho más que los revolucionarios de América Latina no se engañen en cuanto a la historia de la revolución cubana y, sobre todo, en cuanto se refiere a sus propias perspectivas estratégicas. Pues provienen del Che Guevara, precisamente, en el curso del trabajo que estamos analizando, las mayores confusiones concebibles en torno a nuestros problemas.

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BALCANIZACION Y MONOCULTIVO

Sorprende que Guevara emplee el vocablo “América” sin aditamentos. Y sabemos que hay dos Américas. Pero más asombra que al mencionar la segregación de Panamá se refiera a ella como la expresión de la “lucha interimperialista” entre “los grandes consorcios monopolistas del mundo”. En esta observación incidental, por lo demás, aparece bien claro que Guevara ha carecido de tiempo para reflexionar sobre el rasgo fundamental de la historia política del continente, es decir, sobre la fragmentación de la nación latinoamericana. En 1903 la transformación de la provincia norteña de Colombia en “República de Panamá” no fue la expresión de la “lucha interimperialista”, sino de la lucha entre el Senado de Colombia, que se negaba a entregar a Estados Unidos una faja de soberanía colombiana para construir el Canal y el gobierno de Washington. Eso se llama “balcanización”, como lo fue la disolución de los viejos Virreynatos, la creación de la República del Uruguay en el Río de la Plata por el imperio Británico o la ruina de la República Centroamérica creada por Morazán.
La balcanización no surge por el monocultivo, sino el monocultivo por la balcanización. La cuestión nacional latinoamericana irresuelta es la base política de la deformación unilateral de nuestras economías estaduales. Guevara rechaza, como es natural, las monstruosas manifestaciones económicas de nuestra subordinación, pero parece desconocer su origen histórico y político, por lo que recae, sin proponérselo, en el “antiimperialismo estadual” de nuestros stalinistas e izquierdista cipayos. La lucha por la unidad nacional de nuestros pueblos latinoamericanos, que proceden de una misma historia, viven en contigüidad territorial, hablan una misma lengua y se alimentan de una misma tradición cultural es el eje de la revolución de América Latina. Hasta el presente, el destacamento avanzado de esa revolución es el pueblo de Cuba. Guevara no debe olvidarlo.

MEDICINA EMPÍRICA Y LUCHA ARMADA

Los aspectos más peligrosos del ensayo de Guevara se refieren, sin embargo, al papel de “consejero revolucionario” que espontáneamente se arroga en los asuntos de la Revolución latinoamericana. Nuestra cálida simpatía por la revolución cubana y sus hombres, no obstante, se funda en nuestra condición de revolucionarios. Por esa razón no podemos permitirnos la menor condescendencia con las ligerezas en que incurre Guevara al abordar estos problemas. “Aplicamos algunas fórmulas, dice, que ya otras veces hemos dado como descubrimiento de nuestra medicina empírica para los grandes males de nuestra querida América Latina; medicina empírica que, rápidamente se enmarcó dentro de las explicaciones de la verdad científica” ¿Cuáles serán estas “formulas”, no “científicas” pero útiles, que Guevara “ha descubierto” y que ahora se dispone a recomendarnos?
Son muy simples. Las “condiciones objetivas” para la revolución, lo sabemos, “están dadas”: colonialismo, miseria, degradación biológica del pueblo, etc. “Faltaron en América condiciones subjetivas de las cuales una de las más importantes es la conciencia de la posibilidad de la victoria por la vía violenta frente a los poderes imperiales y sus aliados internos. Estas condiciones se crean mediante la lucha armada, que va haciendo más clara la necesidad del cambio… y de la derrota del ejército por las fuerzas populares y su posterior aniquilamiento” Para aclarar mejor su pensamiento, Guevara añade: “Apuntando ya que las condiciones se completan mediante el ejercicio de la lucha armada, tenemos que explicar que el escenario una vez más de esa lucha, es en el campo y que, desde el campo, un ejército campesino que persiga los grandes objetivos por los que debe luchar el campesinado (el primero de los cuales es la justa distribución de la tierra) tomará las ciudades”. El lector podrá pensar que Guevara establecerá ciertas diferencias en la medicación para los miembros de una familia, como lo harían hasta los curanderos. Pero la medicina empírica, cuyos descubrimientos nos ofrece Guevara, no distingue matices. Nuestro autor habla de “América” (suponemos que se refiere a América Latina) y extiende su receta a todo el continente. Advierte, sin embargo, que “un campesino argentino no tiene la misma mentalidad que un campesino comunal de Perú, Bolivia o Ecuador, pero el hambre de tierra, permanentemente presente en los campesinos, da la tónica general de América y como en general, están más explotados aún, de lo que habían sido en Cuba, aumentó las posibilidades de que esta clase se levante en armas”.
Es evidente que como guerrillero práctico Guevara ha resultado ser más eficaz que como teórico de la revolución. La “teoría” de la revolución latinoamericana reposa sobre el cono-cimiento de la realidad de América Latina. Guevara, que es médico (no empírico) no acudiría para operar después de un combate a los consejos de un chapucero, por más empírico que fuese. Es más probable que recordase sus clases de anatomía y de técnica quirúrgica. Y habría procedido correctamente, pues estaría en juego la vida de un combatiente. La vida y la existencia de millones de latinoamericanos se pondrán en juego cuando la revolución en este continente alcance su punto crítico. No podemos permitirnos improvisaciones al res-pecto. ¿Cómo ha podido concebir Guevara la idea singular de que en América Latina han faltado alguna vez las “condiciones subjetivas”, es decir la decisión personal, la audacia, la fe en la victoria, el desprecio del enemigo? Son precisamente las “condiciones subjetivas” las que han sobrado y costado ríos de sangre en Latinoamérica ¿Tupac Amarú, no era expresión de “condiciones subjetivas”? ¿Y Sandino, en Nicaragua, carecía de “condiciones subjetivas”? ¿Y los obreros y marinos en El Callao que se levantaron en 1948, estaban huérfanos de “condiciones subjetivas”? ¡Toda la historia del siglo XX en América Latina es la historia de los motines, levantamientos y luchas más audaces! No, compañero Guevara, en nuestro continente no han faltado “condiciones subjetivas”, han sobrado. Lo que han faltado, por cierto, son las otras, las “condiciones objetivas”, las que tuvo Cuba, por ejemplo, cuando el imperialismo se autoengaño y apoyó la revolución de Sierra Maestra, mientras el ejército mercenario de Batista se deshacía víctima de su propia gangrena. El imperialismo no ha apoyado hasta ahora ninguna revolución en América Latina; y cuando lo ha hecho, como en el caso de Bolivia actual, ha logrado paralizarla. Esta teoría revolucionaria de las “condiciones subjetivas” es un puro subjetivismo, nihilismo voluntarista elevado a la jerarquía “teórica”, a la candorosa creencia del “descubrimiento”. Guevara ofrece como descubrimiento algo que refiere toda la historia de México y de Bolivia: que en América Latina la clave de la revolución es la cuestión agraria. Lo que no dice es que en México la revolución agraria está fundamentalmente realizada, lo mismo que en Bolivia. Que en Chile existe una agricultura minifundista de tipo capitalista. Que en Uruguay el imperialismo inglés creó en el siglo pasado una economía agraria capitalista para facilitar la exportación masiva de cereales, carnes y lana. Que en la Argentina ocurrió el mismo fenómeno y por las mismas causas. Y que ese “campesino” argentino con el que sueña Guevara (y no solamente Guevara, ay) es el campesino de nuestra pampa gringa, que “tiene hambre de tierra”, naturalmente, pero no desea comprarla a los precios del mercado, pues prefiere adquirir autos y camiones e invertir su capital en la usura prendaria. Guevara reduce a América (América Latina) a un solo campo, el campo servil o comunal, la estrategia revolucionaria a la lucha armada (basta fijar un punto y aguantar) el parlamentarismo a una quimera, la lucha legal a una farsa y para que nada falte en esta embriaguez insurreccional apunta la posibilidad de “una rebelión popular con base guerrillera dentro de la ciudad”. Para alertar contra las manifestaciones de este irracionalismo político Lenin escribió todo un volumen. Se titula “El extremismo, enfermedad infantil del comunismo”. Guevara reduce un proceso infinitamente rico y complejo a dos o tres “formulas” mágicas, fundadas en el libre albedrío. No le arredra adoptar el mismo consejo para países con una economía agraria funda-mentalmente capitalista como el Uruguay, México, Chile o la Argentina, donde el foco revolucionario está en la cuidad, con aquellos países donde la cuestión cardinal no está en la ciudad, sino en el campo precapitalista, como Perú, Colombia, o el noroeste del Brasil. Esta monstruosa simplificación lo faculta para demostrar al auditorio de maravillados pequeños burgueses de Buenos Aires, Montevideo o Santiago de Chile, lo fácil que será lanzarse a la conquista del cielo. Debemos convenir que esta perspectiva que ofrece Guevara es realmente una perspectiva celeste en el sentido más galáctico de la expresión.
Por otra parte, Guevara todavía no ha “descubierto” cosas que el marxismo ha enseñado desde hace un siglo: que existe una correlación entre las condiciones “objetivas” y las “subjetivas”. Correlación que establece oportunamente el partido revolucionario y que es su más alta y delicada función. Pues las masas populares, las clases medias, el ejército (no mercenario) y hasta las clases dominantes en agonía, al disgregarse la vieja sociedad, sienten profundamente la necesidad de un cambio. Saben todos que “esto no puede seguir así”, pero sólo unos pocos saben en qué consiste la calidad del necesario cambio. En el proceso revolucionario (que no es precisamente un golpe de fortuna) esos pocos, o sea el partido revolucionario, ganan a su causa a la mayoría de las masas populares, incluso a sectores del ejército, y los que hasta entonces constituían parte de las “condiciones objetivas” (es decir, la situación general externa al partido) pasan a formar parte de las “condiciones subjetivas”, vale decir, de las masas populares que van adhiriendo a las banderas de la revolución.
No sólo desconoce los principios elementales del marxismo quien levanta un muro impenetrable entre las “condiciones objetivas” y las “condiciones subjetivas” sino que se veda a sí mismo la posibilidad de derribarlo.

¿Y EL PROLETARIADO?

Para Ernesto Guevara parece haber un gran ausente en la revolución latinoamericana. La clase obrera es raramente aludida; cuando se la menciona, aparece en un segundo plano, aunque con los debidos respetos: “Sobre la base ideológica de la clase obrera cuyos grandes pensadores descubrieron las leyes sociales que nos rigen, la clase campesina de América dará el gran ejército libertador del futuro…”
Sería la “clase campesina de América” (lo que es una monstruosa abstracción, según lo hemos indicado) la que formaría un “ejercito libertador”, aunque con la “ideología de la clase obrera”, de donde podría inferirse que no con la clase obrera misma. Esta establecería, para esa eventualidad, un poder vicario en los “revolucionarios” de la guerrilla. Idea tan profundamente errónea, reaparece en el estudio de Guevara una y otra vez. “Ese ejército, afirma, creado en el campo en el cual van madurando las condiciones subjetivas para la toma del poder (que va conquistando las ciudades desde afuera, uniéndose a la clase obrera y aumentando el caudal ideológico con esos nuevos aportes…,etc.” Según se ve, al tomar las ciudades, el ejército campesino se enriquecería con los “nuevos aportes ideológicos de la clase obrera”. Pero el rol de la clase obrera en la lucha revolucionaria aparece como un mero espectro, alusivo y elusivo. Aquí no hay partido revolucionario de la clase obrera, no hay participación ni direcciones obreras en el proceso de la revolución agraria y popular; sólo se descubre un ejército campesino, es decir pequeño burgués, que se dirige a sí mismo con las ideas de Marx depositadas en su seno por la divina intermediación. Por algo rechaza Guevara la “excepcionalidad” de la revolución cubana; esa excepcionalidad, (en otras palabras, las particularidades y originalidades de toda revolución en cualquier latitud y cualquier época) lo obligaría a estudiar las características de la revolución en América Latina, antes de pontificar sobre ella. Pero al negar la “excepcionalidad” de la revolución en Cuba, somete al resto del continente a un patrón único que libera a nuestro autor de enojosos problemas y de respuestas no menos enojosas.
Sus ideas sobre las guerrillas en aquellos países latinoamericanos que poseen grandes concentraciones urbanas no son menos peregrinas; pecan de una inaceptable ambigüedad. Su empirismo mueve a Guevara a desplazarse de párrafo en párrafo de las nociones teóricas más generales a recetas caseras puramente pragmáticas; sí en el orden gastronómico este método es saludable, en la esfera de la medicina resulta más inquietante. Pero en lo que concierne a la estrategia revolucionaria todo esto tiene un nombre: aventurerismo. Sin preocuparse de las condiciones reales de la situación social y política de un país dado, Guevara aconseja que la “lucha en grandes ciudades debe iniciarse por un procedimiento clandestino, para captar los grupos militares o para ir tomando armas, una a una, sucesivos golpes de mano… En este segundo caso se puede avanzar mucho y no nos atreveríamos a afirmar que estuviera negado el éxito a una rebelión popular con base guerrillera dentro de la cuidad”.
Así, Guevara habla de la “guerrilla en las ciudades”. Parece una broma, pero el tema es demasiado grave. En la época del Segundo Imperio, Engels declaraba cerrado técnicamente el ciclo de la lucha de barricadas en el viejo París. Las grandes avenidas abiertas por el Barón Huysmann en la capital francesa, al eliminar las callejuelas tortuosas y estrechas de la ciudad medieval, y permitir el emplazamiento de la artillería, ponía fin al estilo clásico de las luchas populares análogas a la revolución de 1830 y 1848. Ni lucha de barricada ni lucha de guerrillas eran posibles en las condiciones de la cuidad moderna. Guevara tendría que repasar, o leer, a Engels, que algo conocía del tema, y no sólo de oídas. Pero si en lugar de hablar de la “guerrillas en la ciudad” Guevara pretende indicar la posibilidad de una lucha armada dentro de la cuidad, sin duda que tendría que referirse al proceso general de la insurrección armada, de un pueblo y en un país dado, según condiciones específicas que sólo la realidad indicará en su momento. Imaginar consignas y procedimientos tácticos para una situación abstracta, es caer en la teorización más estéril.
Santiago de Chile pertenece a América Latina, lo mismo que Buenos Aires, Montevideo, Asunción o Río de Janeiro. Si esa asombrosa fórmula no es un conjunto de palabras, como lo tememos ¿piensa Guevara también en estas capitales? Por lo demás, esa “guerrilla dentro de la cuidad”, según se deduce de su exposición, podría sin duda iniciarse en cualquier momento ya que lo que importa es la voluntad “subjetiva”? En consecuencia, si el campesinado de Argentina forma una de las columnas más sólida del régimen capitalista agrario de este país y es el bastión de la propiedad privada ¿de qué fuerza se nutrirá ese “ejercito campesino” que proyecta Guevara? Es curioso que a pesar del origen argentino de Guevara, su ignorancia sobre nuestro país posea tal magnitud. Lo que resulta más curioso es que se funde en ella para formular consejos sobre una revolución cuyas leyes y datos objetivos parece desconocer. Iguales consideraciones podríamos formular sobre otros países latinoamericanos de cierto desenvolvimiento capitalista donde el papel del proletariado resultará decisivo para la victoria revolucionaria y donde la ideología del marxismo deberá expresarse a través de un partido proletario, caudillo del país, y en modo alguno como un conjunto de ideas descendido desde lo alto. El ejército campesino de Mao estaba construido sobre miles de obreros y estudiantes revolucionarios de los centros urbanos que se retiran de las ciudades hacia el Norte después de las grandes derrotas de 1927. Era un ejército-partido de una dirección proletaria, con un estado mayor y una oficialidad revolucionaria que educó en las grandes marchas a miles y miles de campesinos pobres. Esa fue una de las “excepcionalidades” en la revolución china. Sólo se puede repetir esa “excepcionalidad” china, como la cubana, en el papel; la realidad latinoamericana nos prepara “excepcionalidades” nuevas, propias y sorprendentes, ante las cuales la actitud de un revolucionario serio debe ser estudiar sus bases objetivas, tal cual salieron de manos de la historia. Sólo el proletariado latinoamericano podrá constituirse en el guía y la cabeza de las grandes masas campesinas o pequeños burguesas del continente en la lucha por la independencia económica, la unidad nacional y el socialismo. Esto no rige tan sólo para los países con un gran proletariado, como Argentina o Brasil, sino también para el Perú, cuya revolución agraria está fuera de discusión. Pues aún en el Perú ya existe una clase obrera que tendrá como misión dirigir al campesinado, y no ser dirigido por él. La historia de todas las luchas sociales señala que las insurrecciones campesinas sólo dieron origen a la creación de nuevas dinastías, como en la antigua China, o trasladaron el poder a manos de la burguesía nacional, como en México.
Ernesto Guevara ha prestado grandes servicios a la revolución cubana; su presencia en ella nos enorgullece como argentinos. Pero sólo la verdad nos hará libres. Si las revoluciones triunfantes necesitan de ella para no morir, las revoluciones que han de hacerse no triunfarán sin ella.


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